En ocasiones, es necesario despejarse y romper con la cotidianidad o tan sólo aislarse un poco de ella para amueblar los pensamientos y aclarar esas ideas que te llevan rondando por la cabeza desde hace días. Personalmente, cuando me ocurre esto, y es lo que me ha sucedido hoy, suelo decantarme por salir sola a la calle, pasear tranquilamente por la ciudad, por sus calles y edificios milenarios, sin música que me pueda quitar la dicha de escuchar el murmullo de la gente, de los coches de caballo, de la lluvia resbalando por los tejados y canalones o el sonido de mis pisadas cuando, voluntariamente, piso un charco con mis botas de agua, esto me hace sentir como una niña pequeña, reconfortándome y haciéndome feliz durante unos instantes.
Me gusta andar tranquilamente entre la gente que van y vienen con las prisas de sus quehaceres diarios, sin pararse a disfrutar de un gris, pero maravilloso día de lluvia.
Después, vuelvo a casa en el autobús de línea, me acomodo lo mejor posible en uno de sus asientos y me limito a ver pasar rápidamente las calles y a las personas que transitan por ellas a través de la ventana, o tal vez, y admito hacerlo en bastantes ocasiones, observo curiosamente a los distintos pasajeros del autobús que suben y bajan de este en las diferentes paradas. Muchos de ellos son extranjeros que vuelven a casa tras una larga jornada de trabajo, otros son jóvenes estudiantes con sus mochilas. También, señoras con carros de la compra o alguna muchacha con bolsas de tiendas y firmas conocidas de ropa. Y así, sumida en mis pensamientos e imaginaciones sobre los pasajeros y sus vidas, se va pasando más rápidamente el tiempo del trayecto de vuelta a casa. Pero eso sí, ahora estoy más relajada, con los pensamientos ordenados y preparada para llegar a mi hogar e introducirme en mi vida diaria.
